| Buena onda la familia |
Buena onda la familia
a Rodrigo
El amor se le fue subiendo por la timidez como una enredadera, hasta llegar al alma. Decidimos ir. La decisión y la aventura son hermanas gemelas, tiene las alas del desafío. Ahí estábamos en el edificio de cristal, dispuestos a encontrar en la exposición algo que de seguro habíamos extraviado en algún momento de nuestra vida; los humanos somos descuidados y perdemos la fantasía al encontrarnos con todo lo que nos obliga repetir, hasta que la memoria se nos agota, entonces paradójicamente es el momento de crear. Descuido, memoria y creación, una trilogía que manejamos desde nuestros primeros pasos. Lo maravilloso en nuestros primeros años, poco a poco va dejando de ser importante, lo que nos llena de alegría y emoción en nuestra vida como: descubrir un beso de nuestros padres, el calor de un abrazo en una noche de invierno, saber que contamos con alguien en cualquier momento de nuestra pequeña vida, con el tiempo es desplazado por otras cosas, quizás por eso la palabra "descuido" no sea tan afortunada, quizás la palabra debería ser distracción o pérdida del sentido de lo maravilloso, que a fin de cuentas es un… "extravío". Por ello la exposición: Familia: una obra de arte, me producía cierta ansiedad de encuentro. Nuestra sociedad desde hace mucho padece de amnesia por la alegría. No nos damos cuenta que hemos olvidado la alegría que nos produce dar un salto en una rayuela dibujada en el suelo, leer un cuento y meternos en sus páginas, encontrarnos navegando junto al Almirante Cristobal Colón, y animar a Neil Armstrong a dar un salto en la luna, un 21 de julio de 1969. De seguro que la Familia: una obra de arte, era una gran colección de cuadros ¿qué otra cosa podría ser? sino cuadros en colección de grandes… descubrimientos. No obstante la desesperación del descubrimiento, es un encuentro mágico de ver en los cuadros, algo que nos describiese tal como somos. Por eso Ernesto Sábato en El Túnel, detalla un diminuto cuadro que mágicamente sirve de comunicación entre el pintor y la asistente a una galería. Y su novela tiene un final insólito, por ello nuestra presencia en el evento tenía muchas asociaciones de novelas e imágenes extraordinarias. Una vez dentro de la exposición, pudimos confirmar lo que sospechábamos , la presentación era de cuadros, toda una historia de familias en movimiento, aunque ahora que lo pienso mejor deberíamos llamarles : hologramas de todos los tiempos, eran, si lo caracterizamos rigurosamente cuadros en movimiento. Mussorgsky había realizado algo semejante con su obra musical "Cuadros de una exposición", describiendo en su música detalles de : El Gnomo, El viejo Castillo, Bydlo, El Mercado de Limoges, La Gran Puerta de Kiev, Tullerías etc. Una vez en las espaciosas galerías del edificio de cristal, podíamos observar detenidamente las pinturas, óleos, acuarelas y lienzos con imágenes de colores. Entonces recorrimos esa enorme sala de exposiciones , video tras video -digo- cuadro tras cuadro. Había familias y familias, era un museo de las familias del mundo, de todas las épocas, de todos los tiempos. Familias fantásticas descritas en los libros del sánscrito: lemures, atlánticas, familias del Popol Vuh, mayas, toltecas, finalmente familias actuales latinoamericanas. En algún punto de ese recorrido pude verme...
-Levántate Rodrigo ¿no vas a ir con tu papá? Ese era un encuentro de memorias, de suelos rurales, de cultivos fecundos teñidos de verde con oro de los maizales. Y la caminata era desde muy temprano, hasta el mediodía. El aire caliente en confabulación con nuestra camisa se aferraba a nuestra piel, camisa y piel sin previo aviso juntitas una con otra, solamente se pegaban, eran dos en una, mojadamente cómplices, con el ritmo horario de mediodía y llenas de un sol luminoso. Ahí íbamos hacia adelante, al encuentro del pasado. Mi padre me hablaba de pueblos llenos de oro, del trabajo en los sembrados de maíz, de caminatas a la escuela en medio de madrugadas azules, de escolares en el retorno a casa sorprendidos por un coro de pericos rumbo al sur, de migraciones hacia el horizonte, de lecturas con letras incomprensibles y misterios en los bordes de las montañas. El sol era lo mismo que una cadencia sonora de diamantes. Vivir un cuento en pleno día, era lo que me gustaba al ir a ver a mis abuelos. Existía entonces la magia de saltar de la realidad al cuento y del cuento a la realidad…a la mitad de unas cuantas palabras de mi padre. Recuerdo los cuentos. Recuerdo la voz. En el camino, iba saltando de piedra en piedra, con eso me garantizaba no cansarme, por lo menos me esforzaba en ello para mantener ese espíritu en mis pies, la caminata era un juego, era la incursión saltarina hacia el encuentro con mis parientes. Tíos, tías, primos, primas, nuestra raza era pobre en bienes materiales, pero eso no nos impedía ser inmensamente felices por tener una familia así, al solo llegar nos organizábamos en cuadrillas de primos y primas, dispuestos a explorar los alrededores, entonces salíamos en expedición a los arrollos y los ojos de aguas, nos colgábamos de los bejucos, gritando UUUUUEEEEEEE, UUUUUUEEEEE, hacíamos trapecios que bordeaban los barrancos y pasábamos horas columpiándonos hasta que el inevitable accidente nos atrapaba entre el suelo y los chiribiscos; es acción nos hacía repetir el mismo gritote: uuuuueeeeaayyyyyy ¡ay! ¡ay! ¡ay! entre el dolor y la risa de los primos. Eso era tener un sentido del peligro que desafiaba a nuestra imaginación, nosotros le apostábamos a vencer los barrancos con bejucos y también cuando nos tirábamos de cabeza en las pozas, la verdad éramos cabezones, después de todo buscábamos estar juntos, éramos socios de los juegos, de la exploración y éramos los primos. Y supuestamente llegábamos cansados por la distancia, pero con los primos, tíos, amigos y las aventuras a la espera, no deseábamos detenernos. Descansar no era el reposo que buscábamos. Los prados llenos de flores violetas azules en los bordes y blancas en su corola, arbustos de Cinco Negritos, muchas flores conocidas como gallinitas, enredaderas, arrollos, mariposas, pájaros, en fin la lujuria del campo explotando en vida. Ahí está mi perro Dorado, el prado verde, los cafetales, la casa, mi abuelo Don Encarnación, mi abuela Doña Juana, en los alrededores de la casa están los bosques, de donde salen los co )"nunca temas a nada hijo, puesto que el temor es una actitud ante la vida", "debes ser valiente, un águila no puede ser nunca una gallina, aunque viva en un corral"...
-Si, -le contestaba-. Mi abuelo Don Encarnación, consagrado más que un vino rojo a la devoción del Reino de Dios, era un hombre de fe, no obstante mi bisabuelo Don Rosalío le reprendía diciéndole que Dios necesita mucho trabajo, no sólo oraciones. Mi abuelo me regaló una pluma de águila, que había sido un regalo de Don Rosalío, que él había recibido de otro abuelo. Esa pluma la guardaba siempre en mis bolsillos, era una pluma de oro con la forma de águila. Así llegábamos a la hora del regreso a casa. Mi padre entonces daba la señal de retorno. Y aquellos atardeceres prematuramente oscuros, nos encontraban al borde de pequeñas tragedias, como cuando el transporte nos dejaba y debíamos recorrer forzosamente unos kilómetros, en medio de calles plagadas de ruidos y montes llenos de penumbras. Caminábamos y eso era bastante. En los momentos de dificultad, mi padre repetía que la esperanza muere al último, que nada en este mundo era capaz de transformar un águila en un pollo y nosotros éramos... águilas. Y finalmente llegábamos al transporte y llegábamos a casa. Esas noches, eran un recuerdo de imágenes. Soñar. Recuerdos. Mis abuelos. Mi perro. Una familia que incluía al universo y lo maravilloso. Montañas. El Mar. La casita. Y nosotros vagando por aquellos sembrados de esperanzas. Y el silencio invadía mi habitación en la ciudad, me dormía con un libro entre las manos y leía el cuento del Mandarín Chino, luego pensaba en los cafetales y sobre las tremendas distancias que se pueden alcanzar con la mano. Tener una familia así, era un sentimiento de santuario. Buena onda la familia. En ese instante, mi mano tocó el cuadro familiar. Estaba dentro y fuera del cuadro. Un vigilante me dijo:
-Señor, los cuadros no se pueden tocar. Retornábamos a la realidad, algo me decía que lo maravilloso estaba en ese esfuerzo por encontrar la felicidad más allá de nuestras limitaciones. Y salimos de la exposición, y yo no sabía si era parte de un cuadro o el cuadro era parte mía. En mi mente las palabras de mi padre repitiendo: "un águila no puede ser nunca una gallina" me golpeaban como los últimos sonidos de un sueño intensamente vivido y luego salía de la exposición. Sin embargo en mi bolsa apareció una pluma de águila. Aquella plagada de infancia y oro. No lo podía creer. Ahora que lo pienso mejor, esa galería fue un encuentro con lo maravilloso, en una exposición con el tema: Familia: una obra de arte.. que buena onda la familia.
Imagen: Nilda Fasce |
| Cuentos breves | ||||
|
|
| Página principal | Arriba | Volver a la Galería |